La alimentación cumple un rol fundamental durante el tratamiento del cáncer. No solo ayuda a mantener el peso y la fuerza, sino que también favorece la respuesta al tratamiento y la recuperación. Cada paciente es diferente, por lo que siempre es recomendable contar con el apoyo de un profesional de la nutrición. Aun así, hay principios generales que pueden ser de gran utilidad.
Durante el tratamiento, algunas personas experimentan pérdida del apetito, náuseas, fatiga o cambios en el gusto. En estos casos, se recomienda fraccionar las comidas en porciones pequeñas y frecuentes a lo largo del día, e incluir alimentos con alta densidad nutricional.
Es importante priorizar alimentos ricos en proteínas como pollo, pescado, huevo, lácteos, legumbres y nueces, ya que ayudan a preservar la masa muscular. También se sugiere incluir frutas y verduras de colores variados por su contenido en vitaminas, minerales y antioxidantes.
En pacientes con náuseas, pueden tolerarse mejor los alimentos fríos o a temperatura ambiente, y las infusiones suaves como la de jengibre pueden ayudar a aliviarlas. La hidratación es esencial, especialmente si hay vómitos o diarrea. Beber agua, caldos o jugos naturales es clave para evitar la deshidratación.
También es importante evitar alimentos ultra procesados, altos en azúcar o grasas saturadas, que pueden causar inflamación y debilitar el sistema inmunológico. Siempre que sea posible, se debe optar por preparaciones caseras, frescas y de fácil digestión.
El placer de comer no debe perderse. Incorporar alimentos que la persona disfrute, adaptar recetas familiares y mantener un entorno agradable a la hora de comer puede ayudar a mejorar la experiencia alimentaria.
Alimentarse bien durante el tratamiento no solo apoya la recuperación física, sino que también brinda un sentido de control y cuidado en un momento desafiante.