Los niños aprenden muchas cosas observando. No solo escuchan lo que les decimos: también se fijan en cómo reaccionamos cuando algo sale mal, cómo hablamos cuando estamos enojados y qué hacemos cuando sentimos tristeza, miedo o frustración.

Por eso, la manera en que manejamos nuestras emociones también forma parte de lo que les enseñamos.

Tus reacciones también son una enseñanza

Nadie espera que mamá o papá estén tranquilos todo el tiempo. Tener emociones intensas es normal. Lo importante es qué hacemos con ellas.

Cuando un hijo observa que un adulto puede reconocer lo que siente, expresarlo con respeto y buscar una manera de calmarse, aprende que las emociones no tienen que esconderse ni explotar.

Por ejemplo, puede aprender que:

  • Estar enojado no significa gritar o lastimar.
  • Sentirse triste no es algo de lo que haya que avergonzarse.
  • Pedir ayuda también es una forma de cuidarse.
  • Es posible hacer una pausa antes de reaccionar.
  • Equivocarse no impide pedir disculpas y reparar lo ocurrido.
  • Hablar de lo que sentimos puede ayudar a resolver conflictos.

Pequeñas acciones que enseñan mucho

Ponle nombre a lo que sientes. Decir “estoy frustrado” o “necesito unos minutos para tranquilizarme” ayuda a que tus hijos aprendan a reconocer sus propias emociones.

Haz una pausa antes de reaccionar. Respirar, alejarte unos minutos o bajar el tono puede evitar que una emoción termine en una reacción impulsiva.

Habla sin lastimar. Puedes expresar enojo o desacuerdo sin insultar, amenazar o descalificar.

Reconoce cuando te equivocas. Pedir disculpas enseña que todos cometemos errores y que también podemos reparar el daño.

No ocultes todas las emociones difíciles. Los niños también necesitan saber que los adultos pueden sentirse preocupados o tristes y aun así buscar maneras saludables de afrontarlo.

Escucha sus emociones sin minimizar. Frases como “entiendo que estés molesto” ayudan más que decir “no es para tanto”.

No necesitas hacerlo perfecto

Tus hijos no necesitan verte siempre calmado. Necesitan ver que las emociones pueden sentirse, expresarse y manejarse sin hacer daño.

Cada vez que haces una pausa, nombras lo que sientes, pides ayuda o corriges una reacción, también estás enseñando una habilidad que ellos podrán usar a lo largo de su vida.